Si bien es cierto que el método inventado por Freud en sus comienzos deja por fuera del alcance de sus posibilidades a las psicosis, lo es por cuestiones de método. El inventor del psicoanálisis diseñó un dispositivo cuyo objeto fueron las neurosis histéricas. Sin embargo, a lo largo de su doctrina, puede divisarse una orientación muy precisa acerca de cómo, en principio, llegar a un entendimiento de esta patología, y a posteriori, él mismo incluso hace uso de esa exploración para entender algunos puntos obscuros de las neurosis.
Cuando Lacan recoge el guante en su texto fundante sobre el tema[1], pone el cuidado necesario en explorar el campo con una “cuestión preliminar”, es decir un modo de advertir a los psicoanalistas sobre ciertas diferencias a tener en cuenta a la hora de abordar un caso de psicosis. Finalmente, en su seminario sobre el síntoma[2] da cuenta del tratamiento que hace James Joyce a través de su síntoma.
La sutileza es digna de mencionarse: Lacan aborda el tratamiento que hace el escritor irlandés de su psicosis -sin recurrir a un analista-. Algo no sólo frecuente, sino al mismo tiempo fundamental a la hora de recibir un pedido de tratamiento.
La idea es relativamente sencilla y puede servirnos como una indicación clínica: antes de apresurarnos a querer curar a alguien por alguna manifestación de su conducta disruptiva en términos sociales, lo mejor sería prestar atención a cómo ese sujeto intentó curarse de aquello que lo aqueja, incluso si su solución no encaja con los parámetros sociales establecidos. Sucede que los síntomas no siempre encajan con las demandas del Otro.
El punto siguiente es considerar la posibilidad de que el sujeto psicótico no demande un tratamiento, debido a que, como es sabido, tiene la solución en el bolsillo.
Lo que también es cierto es que suelen mostrarse muy dispuestos, si alguien los escucha con atención y sin prejuzgar sobre sus particulares intentos de curación, a testimoniar qué tratamiento realizan para intentar diversos arreglos con su goce.
Resumiendo hasta aquí, Freud nos da la llave y Lacan abre la puerta a una serie de posibilidades para encarar un tratamiento y al psicoanalista, al desafío de no retroceder frente a las psicosis.
Lo que siguió, afortunadamente, fueron psicoanalistas recibiendo a pacientes psicóticos y produciendo un sin fin de textos sobre el tema, jornadas, debates, etc.
Esta breve historia, o mejor aún esta larga historia resumida en algunos párrafos, nos conduce a los psicoanalistas de orientación lacaniana a introducirnos en una experiencia, la del hospital de día, apoyados en los fundamentos clínicos de nuestros antecedentes.
Llegados a este punto, cabe preguntarse cuál sería el plus del tratamiento que implica una práctica en la que el analista convive de algún modo a diario con sus pacientes.
A diferencia del tratamiento individual, en el que un sujeto psicótico es conducido a la consulta a un profesional, en el dispositivo del hospital de día confluyen distintas prácticas terapéuticas que abordan esta problemática desde distintas perspectivas.
Podríamos suponer que más es mejor. La primera respuesta es sí, a condición de que esas diferentes prácticas se orienten hacia un mismo lugar.
Lo primero a tener en cuenta ante la posibilidad de recibir a un paciente en el dispositivo de hospital de día, es qué ofrecimiento podemos hacerle. Hay uno que se muestra con más claridad en el enunciado: la posibilidad de pasar algunas horas del día realizando algunas actividades en un ambiente cuidado por distintos profesionales.
Esta es una condición necesaria, pero no suficiente, para ingresar al dispositivo. Desde el psicoanálisis, además de cuidar estos aspectos formales, diseñamos una estrategia de tratamiento que contemple la dimensión sujeto de la experiencia.
Basándonos en los textos fundantes, especialmente de Freud y Lacan, sobre la relación del sujeto psicótico con el orden simbólico, extraemos de allí un principio fundamental: el sujeto psicótico es quien nos muestra, si lo sabemos escuchar, cuál es el tratamiento que ha hecho de su padecimiento. Es decir, no nos consulta como el neurótico por un no saber sobre su síntoma. Sino que de modo inverso nos testimonia cómo se las ha arreglado hasta ese momento con los efectos de la forclusión del nombre del padre devenidos en síntoma.
Tratamientos previos
Si lo sabemos escuchar —insisto con este principio rector—, es quien va a marcarnos, a modo de brújula, los pasos siguientes a fin de diseñar una estrategia.
De este modo los tratamientos posibles, que pueden incluir internaciones, ciclos anteriores en un hospital de día o tratamientos individuales, nos dan una primera posibilidad de extraer un saber acerca de lo que fue para cada sujeto su diagnóstico de situación, su avaluación clínica[3] y cuáles fueron los alcances de esos intentos de curación.
Más allá de las demandas
Un punto a destacar es poder diferenciar las demandas cruzadas que pueden confluir en este tipo de tratamientos.
A veces es solo una indicación del poder judicial, otras tantas de los familiares que buscan tomarse una pausa en lo que puede advenir de la convivencia con las particularidades del sujeto y en algunos otros podemos estar en presencia de un pedido específico del sujeto, que es conveniente poner en forma. No necesariamente estos pedidos de tratamiento son excluyentes entre sí. Sin embargo, al diferenciarlos, podemos llegar a la conclusión de que mantienen entre sí distintas expectativas sobre el alcance del tratamiento.
¿Cuál es el rasgo diferencial de un hospital de día?
La respuesta es sencilla: los talleres grupales. Lo que no es tan sencillo, y ha dado lugar a múltiples discusiones, es cuál sería su función. Aquí es donde el psicoanálisis establece una diferencia fundamental. Los talleres no buscan enseñar un oficio, resocializar en sí al sujeto, ni menos aún generar una expectativa de productividad.
Establecemos ficciones jurídicas, en las que cada participante del taller pueda, a partir de su síntoma, poner en juego su singularidad. Al mismo tiempo, en el transcurso de los mismos se producen, por supuesto, efectos terapéuticos notables que no son un fin en sí mismo.
¿Qué es lo que buscamos con esta oferta terapéutica entonces? Que el sujeto a partir de su síntoma y en el trabajo con otros, encuentre diferentes arreglos con su goce que contemplen la posibilidad de un lazo con el Otro.
En este punto importa destacar que no buscamos creaciones grandilocuentes, ni excepcionales, ni siquiera aun originales. Solamente, lo que no implica poco, invenciones a partir de “materiales existentes”.
Es decir, que podríamos proponer que estos “materiales existentes” son los modos en que el sujeto hizo su propia traducción del impacto de lo real en su existencia[4].
Antes de concluir
Una última advertencia. Las soluciones encontradas en el dispositivo, en algunos casos pueden permanecer en disyunción con el lazo social y es un punto a tener siempre presente, ya que no buscamos en sí introducir el discurso del amo con fines adaptativos. Sobre todo en esos casos hay un trabajo por hacer con quienes compartan su vida cotidiana con el sujeto, que impliquen pensar otra sociedad para la locura[5].
Se trata entonces de acompañar un trabajo de reconstrucción delirante, que a partir de soluciones singulares, trabaje sobre arreglos posibles que propicien una estabilización del cuadro. A fin de cuentas, respetar el delirio de cada uno, recordando siempre que “de cerca nadie es normal”[6].
NOTAS
- Jacques Lacan, «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis», en Escritos 2, Siglo XXI Editores.
- Jacques Lacan, El seminario. Libro 23. El sinthome, Paidós.
- Jacques-Alain Miller, Introducción al método psicoanalítico, Paidós, capítulo 1.
- Idea extraída de los desarrollos de Miguel Furman en la clase titulada Un tratamiento posible de las psicosis en hospital de día (Diplomatura Universitaria en Fundamentos de la Clínica Psicoanalítica en Hospital de Día, Asociación Argentina de Salud Mental).
- Carolina Alcuaz, Otra sociedad para la locura, Xoroí Ediciones.
- Frase célebre de Caetano Veloso.
