Por Claudia Helena Zito
Los divagantes:
¿Cómo pensar la adolescencia en esta época?
La palabra divagante proviene del latín divagari, se forma a partir de la partícula dis-di; que significa separación, alejamiento, y vagari que indica vagar, desplazarse sin rumbo fijo. También es el título de un cuento de Guadalupe Nettel. En este, la escritora utiliza la figura de las aves migratorias, para dar cuenta de las marcas del exilio. Ella relata que en un viaje por la Patagonia que realiza con su padre, se topa con un grupo de albatros adolescentes, que solo estaban “concentrados en una sola cosa, aparearse”. Los albatros, son aves que pasados los años de crianza en su nido, alzan vuelo hacia el océano y pasan cuatro o cinco años volando casi sin tocar la tierra. El “instinto, esa fuerza comparable con el destino” dice Nettel, fija la orientación y el rumbo de su travesía, tanto es así, que la mayoría de las veces, vuelven a su lugar de origen. También dice la autora que, “el cortejo de los albatros es quizás el más largo del reino animal. Pueden pasar dos años o más danzando alrededor de otros individuos, hasta encontrar a aquel con el que pueden sincronizar sus movimientos”. La naturaleza en estado puro, se encarga de que exista el encuentro sexual adecuado, complementario. Pareciera que estas aves pueden encontrar algo así como su otra mitad, y como si fuera poco, conservar también una lealtad monógama. A veces sucede que al desplegar sus alas para irse lejos de sus hogares, los sorprende una tempestad. Cuando algo así acontece, estos pájaros pueden aterrizar en cualquier lado y perder la orientación. A dichas aves extraviadas que tienen que reencontrar, o inventar su propia ruta, se las llama “divagantes.”
A diferencia de los albatros adolescentes de la historia de Nettel, los seres hablantes son estructuralmente seres divagantes. Están originariamente cercenados del instinto. Pero además portan la condición de estar exiliados, separados, desentendidos de un goce que por ser parlantes los habita. La condición divagante, aparece por momentos velada en la infancia, ya que es la familia la que aporta los significantes amos a partir de los cuales el niño elige identificarse, y esto pacifica. Pero la aparente calma de esa etapa, se verá conmovida por la metamorfosis de la pubertad, que arrecia con la fuerza de un vendaval. La irrupción de un goce, imposible de representar producirá un antes y un después en la vida del sujeto. Ante la emergencia de ese empuje pulsional, los adolescentes se topan con un agujero, con un vacío de saber que produce una desorientación fatídica. La fórmula de Lacan; no hay relación sexual implica que frente a este acontecimiento, los jóvenes no saben qué hacer. Ellos no pueden echar mano a los rituales de cortejo que facilitan la cópula en el mundo animal. Para los seres hablantes la posibilidad de encuentro con el otro sexo, está condenada a ser sintomática, es decir siempre fallida.
En la adolescencia se produce un despertar, que puede volverse a menudo angustiante. Se trata de una embestida pulsional muda. Es un momento de confrontación con la más íntima ajenidad, con un real insoportable, que produce efectos de extrañeza y desasosiego. Los adolescentes como los albatros divagantes del cuento, se extravían en sus primeros movimientos, pero como dice Rimbaud, están apremiados por encontrar “el lugar y la fórmula”.
Desde hace muchos años el psicoanálisis, a su modo y en sus términos, ha anticipado que la caída de los grandes ideales y la paulatina deflagración del padre, son fenómenos inversamente proporcionales al ascenso al cenit del objeto en la civilización. Los niños y los adolescentes se ven especialmente afectados por ese derrumbe. La soledad y la fragilidad en la que los coloca esta situación, deja lugar a la intromisión desregulada de diferentes objetos de satisfacción en la esfera íntima y privada. Esto contribuye a producir un cortocircuito con el Otro del lenguaje, de la palabra, pero también cambia la relación con la imagen y con el cuerpo. Las adicciones, la violencia, las escarificaciones, las autolesiones, los trastornos de alimentación, el fenómeno de las apuestas on line, la sobreexposición al algoritmo y a la pantalla, el suicidio, el ascetismo, el cinismo con respecto al amor, el aislamiento etc, son algunas de las respuestas que los jóvenes pueden presentar ante la irrupción de un real y la consecuente disolución de sentido. Algunas de estas respuestas no son nuevas. Lo que ha cambiado son las coordenadas de este nuevo malestar cultural, que ya no encuentra su excusa en la represión, sino en la desregulación y el exceso de goce. El despertar de la primavera en nuestro tiempo, se ha convertido en términos de Philippe Lacadee, en una verdadera primavera quemada”.
A través de esta nueva edición de Decires II, los invitamos a realizar un avistaje sobre los modos en que se presenta la adolescencia divagante.
El primer artículo que aparece en la rúbrica conceptos se titula: Portar sin decir/Armas en la escuela: detectar no es leer. En este, Alejandra Glaze hace referencia en primer lugar, a un detalle que se pasa por alto cuando se habla de los jóvenes que van armados a la escuela; “portar no es disparar”. Este punto “divide aguas al momento de pensar la clínica”. Esta diferenciación nos coloca frente a la responsabilidad, de volver una y otra vez a los conceptos psicoanalíticos fundamentales a los fines de poder pensar cada situación particular. El ejercicio de nuestra práctica por momentos nos encuentra un poco distraídos y olvidamos que encarnamos una función, en tanto practicantes del psicoanálisis somos también lectores. Por eso es fundamental tomar distancia de los efectos de fascinación y perplejidad que produce la espectacularidad con la que se presentan estos fenómenos, para poder leer ahí, lo que en realidad interesa. Como dice Alejandra, en estos eventos hay que poder plantear las preguntas adecuadas, ya que un arma es una insignia antes que un instrumento. En segundo lugar, me interesa destacar, que en este escrito se anticipa el tema del próximo congreso de la AMP, ya que se introduce y se desarrolla brevemente la noción de “Lo imposible de soportar”. Poder ubicar con precisión, donde aparece lo imposible de soportar, donde se lo coloca, es clave para pensar las intervenciones en la urgencia, en este caso, en la práctica con adolescencias.
En la misma rúbrica, se podrá leer un artículo de Verónica Berenstein titulado Apostar a la palabra. El mismo aborda un fenómeno de época, que, como bien señala su autora, no es la apuesta en sí, ya que esta tiene una larga y frondosa historia. Se trata más bien de “la conjunción del juego con la tecnología”. Las apuestas on line, muestran sin vueltas que la dimensión compulsiva que esta práctica puede despertar es, en parte, promovida por el rechazo de la castración, propia del capitalismo. Señala la autora que la posibilidad de tener los objetos tecnológicos en el bolsillo, facilita la inmediatez y complica la posibilidad de realizar un corte. Por lo tanto “la satisfacción en juego adquiere la característica de ser permanente”.
Por último, es interesante cómo transmite que lo subversivo del psicoanálisis, ante estas presentaciones, se encuentra en los modos de plantear la escucha y abrir a la pregunta, sin olvidar la dimensión transferencial. Otro texto imperdible para quienes están concernidos por una práctica cuyo desafío son “los nuevos fenómenos o estilos de vida”.
El tercer texto está escrito por Vanesa Seitz. Se titula La adolescencia como tiempo de invención. La autora repara en un detalle que rápidamente es pasado por alto cuando se habla de adolescencia, y es que esta, no es sinónimo de pubertad. Leerla me hizo pensar parafraseando a Lacan, que la adolescencia es una elucubración de saber sobre la pubertad. Vanesa es muy puntual y asertiva al recortar una frase de Alexandre Stevens“la adolescencia como síntoma de la pubertad” ya que esta diferenciación, permite tomar distancia de la rápida tendencia a la patologización de ciertos fenómenos. El texto es una invitación a reformular la idea de trastorno en contraposición a la idea de solución. La idea es que el analista logre introducirse en esta práctica, advertido de que es necesario tiempo, sin esto no se podrá “favorecer las condiciones para que aquello que irrumpe pueda adquirir una inscripción subjetiva”.
María de los Ángeles Massaro presenta el escrito Construcciones sobre la adolescencia. Desde el primer párrafo nos acerca una indicación clínica de Jacques Alain Miller que está en consonancia con el texto anterior; “la adolescencia es una construcción”. Esta aseveración, permite pensar el lugar que conviene al analista que trabaja con adolescentes. Dice la autora, que muchas veces se trata de “acompañar” el despliegue “de esa invención particular que se decide en esos años”. Pero a su vez como dice Miller respecto a la infancia, a veces será necesario “tomar más iniciativa que con el adulto”. Es por eso que María propone que más allá de la perspectiva del síntoma, que proporciona una direccionalidad, la clínica con adolescentes es también la clínica con la familia, la escuela, los amigos, las redes, los amores, etc. Su práctica obliga también a adentrarse en sus códigos y su lenguaje.
Por último el texto que cierra la rúbrica conceptos está escrito por Nahuel Ayestaran. El título es La tiranía del algoritmo: a>I /paradojas del deseo en la adolescencia-juventud actual. Este artículo propone para pensar la época, una conversación entre el psicoanálisis y otros discursos. Es por esa vía que arroja luz sobre algunas definiciones lacanianas, que pueden sonar un tanto encriptadas. Queda claro que la subjetividad actual se orienta cada vez más por la primacía del goce y el consumo y ya no como antaño, por el ideal. Esto, dice Nahuel, repercute en la trama misma del lazo social, actualmente interferido y mediado por los objetos tecnológicos. Lejos de transmitir una posición detractora con respecto a la prevalencia de “un ecosistema digital” en nuestras vidas, el autor señala las posibilidades que abriría un uso diferente de esos mismos entornos.
En la rúbrica litoral entre psicoanálisis y teatro contamos con una entrevista realizada por Lorena Labastia y María Eugenia Guarino a Virginia Falcon, destacada referente del arte local. Virginia es profesora en Letras (UNS), Maestranda en Arte Escénico (UNICEN), actriz y docente. Trabaja con adolescentes, también con niños, su práctica incorpora el cuerpo como herramienta al servicio de la creación. De la entrevista me interesó recortar los dichos que muestran la vecindad entre el arte y el psicoanálisis, en relación al tema de esta edición, que es la adolescencia. Ella dice de entrada que “el arte es la humanidad en el detenimiento”. La adolescencia introduce un impasse, un compás de espera hacia la vida adulta. Desde esta perspectiva está abierta a servirse del arte en tanto instituyente de un tiempo y un espacio de creación, que nada tiene que ver con el empuje utilitarista y consumista de la época. El hecho artístico, en este sentido, podría funcionar como un pulmón artificial que permite que “algo vivo respire”. El arte como respiración, juega con la idea de hueco, de vacío, algo alrededor de lo cual, podría armarse una especie de borde, que permita tomar distancia, para poder jugar, y “ensayar”. Virginia piensa “el arte, como un gran laboratorio”, como posibilidad de apertura de un momento crítico, una instancia que permite romper con el signo, y rearmar con los restos algo distinto. Su transmisión es del orden de la poesía, hay que decir que leerla produce efectos de resonancia que escapan a este sucinto comentario.
Ahora sí, queridos divagantes de todas las edades, espero que disfruten nuevamente de la lectura de Decires II. Gracias a todos los autores, por su generosidad en la transmisión!

