El agua del goce

El agua del goce

Por Camila Candioti

El agua no se vence

En una región bendecida por el clima, el verde exuberante corona las orillas del río. En medio de un puente, una cartelera de tela, con una leyenda artesanal altisonante: “el agua no se vence”. El relajante murmullo del agua que pasa por debajo de la pasarela, un día se volvió torrente, tormenta, horror. Sin aviso, la naturaleza desbocada se tragó la cotidianeidad de la ciudad ecuatoriana y sus habitantes.

Silencio.

Un perro ladra a la nada, sobre una chapa fría, su suelo es el techo de una casa que quedó bajo agua. Los ladridos sin sentido, perdidos, hacen eco al clamor mudo de barrios enteros cubiertos por el manto implacable del río Salado. En 2003, una catástrofe acaeció en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz; una vera cruz la relación que marca la ciudad con sus ríos, lagunas y afluentes. El agua como fuente de vida, trabajo y diversión, de vez en cuando, cuando le damos la espalda, revela su cara mortífera.

Silencio.

Hace un año, en marzo de 2025, un récord histórico de precipitaciones, en un breve tiempo, colapsó el sistema de desagües de una ciudad tranquila y apacible. El evento excepcional de copiosa lluvia, en la zona, tiene un período de recurrencia mayor a los 100 años. Del desastre generalizado, una situación mantiene en vilo al país. Unas hermanitas muy pequeñas fueron desprendidas de los brazos de sus cuidadores. La violencia de la corriente impidió mantenerlas a salvo. Corren las horas y la esperanza de vida se apaga. Pasan varios días de insistente búsqueda. Los cuerpitos enlodados son hallados tardíamente. El dolor sigue ardiente.

Silencio.

El baño del lenguaje

Arrojados al agua del goce, hacemos nuestro cuerpo desde sus residuos, habitándolo como nos es posible a cada uno. El lenguaje nos baña, nos instila, aprendemos a nadar en él, hasta que se nos hace carne. Somos inundados de goce, al punto de ser su morada. Alojarse en el lenguaje y hacerlo hablar, implica el arte de cada día. El aparato de goce del lenguaje parasita el cuerpo hablante, como pulso vital, no sin desconocer su faz mortificante. Paradoja cotidiana, sin par ni razón, real que soportamos y habitamos en tanto seres de la palabra.

El cuerpo hablante es el nuevo nombre del inconsciente. En la última enseñanza de Lacan, la dimensión simbólica va perdiendo pregnancia, en pos de una simetría de valores, sin primacía de ninguno de los tres registros, en una labor de anudamiento peculiar de R-S-I. Lo natural en el ser humano es su des-naturalización; ya que la naturaleza del género humano se corresponde con la pulsión. Para el psicoanálisis, la anatomía del órgano no agota la naturaleza humana. Su especificidad estará dada, no solo por el despliegue significante, sino por el efecto de afecto en el cuerpo de una melodía.

¿Cómo es que llegamos a la música? ¿Una canción puede cambiar el mundo? La música de la lalengua habita los cuerpos de un modo sin igual. En esta vía, podríamos pensar que la consistencia del cuerpo hablante está hecha de materia fónica. Ahora, la moterialidad[1] áfona, se enlaza a la demanda, al amor. La mirada y la voz emergen tempranamente, como defensa y respuesta subjetiva a la demanda de amor del Otro. Al tiempo del nacimiento del Otro del lenguaje, cada quien inventa su propia pieza musical en tanto uso peculiar de su lalengua. La melodía propia e irrepetible que surge camino a la lengua común, será interpretada y desplegada en la gramática de un cuerpo, en el transcurso de la existencia. En otras palabras, el ánima del órgano surge por efecto del misterio del nacimiento al amor. Amamos con las palabras, no solo con las palabras de amor, sino que hablar es amar, gozar.

Inundación

El agua es vida y su reverso. La paradoja del goce juega su partida. ¿Qué pasa cuando la dimensión real de una catástrofe natural toma la escena y aniquila la vida? ¿Cómo recuperar los cuerpos? ¿Qué hay de los cuerpos perdidos, no encontrados, los cuerpos dañados, afectados? Traumatizados, estragados ¿de qué modo se re-arma un cuerpo hablante? ¿Es posible volver a levantar cabeza, parar de hablar, intentar amar? ¿Qué re-construcción deviene de los árboles caídos, las raíces desgarradas, las plazas vacías? ¿De qué modo recuperar el barrio, con sus casas humedecidas, de las que aún brota un sudor amargo? ¿Cuándo el sol será suficiente para secar las profundidades de los cimientos empapados?

El agua cedió, pero sus efectos siguen activos. Lo traumático de la catástrofe natural para la ciudad toda, hace mella, uno a uno. De lo traumático a lo que hace trauma para cada quien, media un lapso; momento diferente al común, que toma verdadera dimensión en el espacio subjetivo. Lo indecible del impacto, toma forma en lo singular. La crisis ciudadana de la inundación, se juega en un segundo tiempo para cada uno. El agujero de significación que produce lo traumático, desgarra los velos que cada quien sostenía hasta el momento. El sentido se desbarata, la escena fantasmática que ordenaba la realidad -bien o peor- en la que se sostenía cada existencia, cae. La ruptura significante paraliza la función del lenguaje, arrojando al sujeto a la desesperación de un real sin ley. Ni el azar, ni los milagros, están allí. Tampoco los especialistas o catastrofólogos, ni los subsidios remiendan lo indecible que se hizo carne. Aquello que es de orden personalísimo, sin par, escapa a las salidas comunes de la reparación. Entonces, la experiencia de la transferencia encarnada a un analista, permite sostenerse ante la angustia, señalando un horizonte.

El trauma se constituye en un segundo tiempo, diferente a la asistencia material, urgente, del orden de la necesidad. La distinción de estos dos tiempos y dimensiones, ha de ser puesta en valor y resguardada por el psicoanálisis. Los restos, lo que queda cuando el agua baja, revela toda su valía. Aunque las palas mecánicas se lleven la basura desordenada, para el psicoanálisis lo que queda es fundamental. Hacer lugar a los detritos que cada casa encuentra, serán la condición para que la morada vuelva a la vida. Hacer lugar a lo perdido, para que advenga algo del velo del olvido, no es tarea sencilla.

Las redes y su velocidad, los medios de comunicación y las aseguradoras, a veces, no sabemos si operan del lado de la reparación o la forclusión de la castración. Ante el acontecimiento traumático, no hay proporción ni receta, el protocolo falla y la ficción se torna insuficiente. Para algunos, hablar del trauma tiene efectos de sanación. En otras ocasiones, intentar decirlo todo retiene la subjetividad en el trauma, hasta hacer de ella una identificación rígida. A veces, recurrir a la justicia es parte de un proceso reparador; sin embargo, un psicoanálisis presenta una oferta inusual; aloja el sufrimiento, permitiendo pasar de la posición de denuncia a la responsabilidad de lo que resuena para cada uno.

¿Cómo pasar del relato incesante del trauma a una escritura posible? ¿Podrá advenir un nuevo decir a lo que no cesa de no escribirse? El psicoanálisis procura el resguardo del trauma para cada uno, la temporalidad necesaria para que se constituya la modalización singular del dolor de existir. El analista que aloja el sufrimiento humano, bajo transferencia, genera las condiciones de posibilidad para la tramitación del duelo, de lo que no volverá; en pos del alumbramiento de un nuevo sentimiento de la vida, desde las notas y significantes originales que se construyan a partir de los restos. La orientación lacaniana no promueve la permanencia en el goce mortífero de la pérdida o la eternización de la víctima; así como -también- sabe, que la negación del dolor del trauma, extravía. En otras palabras, real, saber y verdad podrán ser anudados de modo renovado; a condición de pasar -vía transferencia- de la narración imposible a una enunciación en singular, que soporte un penar de menos.


NOTAS

  1. Lacan, J. (1975a). “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”. En Intervenciones y textos 2: Buenos Aires, Manantial, 1988, p.109-44.
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